Si pues, ese 98 hubiera sido un todo, un punto de quiebre, un no dejarse, soltarse. No niego, yo quería a Carla, nos sentíamos muy bien juntos, nos complementábamos muy bien, pero...
d:\beeper


No pues flaca, no llegó tu llamada. No me mandaste un mensaje al beeper, no me llamaste al celular. Era el 98, comenzaba a levantar cabeza con nombre propio, pasa que cuando comienzas en la medicina es un tema siempre de escalafones, de que el externo, es menos que el interno, que el interno es nadie frente al residente, y el residente al asistente, y el asistente al jefe de servicio, y éste al jefe de pabellón –en mi caso el jefe de cirugía- y éste quizás es uno de los pocos todopoderosos del hospital, pero también tiene que agachar la cabeza frente al director, y éste al ministro, viceministro, y un largo etc.

Pero era ése 98 donde ya uno tiene definido lo que quiere ser en la carrera, hacia dónde apuntas. ¿Serás el doctor que examina y das recetas, o sea un clínico? ¿Serás el doctor que hace uno que otro tratamiento, un médico quirúrgico? ¿Serás el que opera, mete mano en el cuerpo, corta, sutura, o sea un cirujano? ¿O serás aquel que no mira pacientes, que ve muestras, administra, etc? Yo decidí ser cirujano, yo disfrutaba cada clase de cirugía, cada procedimiento, cada variación en el procedimiento. Vamos no había youtube, un internet tan lento que decir que mi módem tenía 56kbps era sentirse conduciendo un Ferrari en la vieja conexión de Infovía de Telefónica.

Pero seguía teniendo una vida paralela, seguía metido en el gym entrenando como poseso de 4-6pm o de 5-7pm, y claro continuaba con la chamba en Psicosis, donde comencé como jugando por el tema de estar en la discoteca, con el par de amigos del gym que éramos los que más grandes estábamos, porque ganábamos un billete de miércoles a sábado, y sólo trabajábamos de 9pm a 4am. A eso le añadía que tanto estar en el gym me salían mis alumnos privados, y las hacía de PT (personal trainer) y me caían mis 20 dólares por hora. No lo niego estaba hecho una locomotora, trabajaba, estudiaba, me rompía el lomo.

Ojo, no te voy a mentir, a mi viejo, ese ritmo de vida le sugerían siempre excesos, que los de los gimnasios o terminan maricones o muriendo por sobredosis de esteroides, que los de las discotecas siempre terminan con drogas. Pero nunca me metí un chute de esteroides –a pesar que me los ofrecían casi de cortesía-, nunca me metí ni coca, ni yerba, ni nada. Es verdad, con mi dinero hacía lo que me daba la gana, me fui a Miami comenzando el 98, a mis alumnos les vendía suplementos, por lo que mis suplementos me salían gratis, ideas de empresa de traer cosas de los States rondaban mi cabeza.

Pero, ese 98 apareció Carla, con su metro setenta de estatura, con su mirada de esos ojos tan verdes como el jade, que no dudé en buscarla, en salir con ella, en querer pasarla bien. Ese año nos fuimos a Cuzco por una semana luego de los finales, nos hospedamos en un cinco estrellas presurizado, yo tenía mi dinero, y ella el de su papá. Su padre era en ese momento accionista de una clínica que ya se hacía famosa por sus avances en cardiología, la San Pablo.

No nos iba nada mal, ya para ese momento tocaba escoger sede para el 99 hacer el internado, y ni lo dudamos, iríamos al Niño –que me quedaba cerca de mi casa, con el añadido de que ella pasaba a recogerme. La pasábamos espectacular, pero te digo algo, ella me gustaba, pero yo pensaba en ti, en dónde estarías, en ¿qué significado habría tenido yo para ti?

Ese 98 Carla ya era la favorita de mi vieja, mi vieja estaba ya a punto de ponerse en un curso de tejido para hacer ropones, vamos mi vieja con lo que hacían las viejas de antes era extraída de otro planeta, ella es la doctora, que no sabe de cocina, no sabe tejer, y que hasta el día de hoy cuando yo frío un huevo aplaude porque me sale con la yema entera y en su punto –ella siempre hizo huevos revueltos.

Mi viejo aplaudía como foca, incluso Carla fue su alumna, obvio aprobó. Hasta que estando en Máncora, Carla me despertó, muy temprano me dijo que quería que vayamos a caminar antes de desayunar. En ese momento Máncora eran dos hileras de casas pegadas a la Panamericana Norte, con uno que otro hotel bueno, pero casi todos eran refugios de surfers, rastas y hippies. Nosotros estábamos en la casa contigua a la de Maki Block –reconocidísimo surfer peruano- y en ese caminar por la arena, me miró y me dijo “¿Lanatta no crees que deberíamos formalizar?” O sea, ¿éramos informales? No lo niego, me sentía como un ambulante vendiendo al paso camisetas.

“Formalizar Lanatta, un noviazgo”, ya la sede del internado estaba ganada, sólo quedaría hacer un servicio rural express de 3 meses para alguna compañía que nos certifique, y que en realidad sería el tiempo perfecto para prepararse para la residencia. Su tío era jefe de cirugía en el Almenara, ella quería pediatría, una vez con la residencia terminada nos casaríamos, y claro la San Pablo nos esperaría con nuestros propios consultorios. Como mi abuela decía: Matrimonio Sotillo = casa, culo y dinero en el bolsillo.

Pero no era algo que yo lograra, era algo que se daría porque el papá de ella estaría allí, porque el futuro me lo estaban comprando: No, no era necedad, era que siempre he querido ganarme mi sitio por mis propios méritos, llámame petulante, ególatra pero ese futuro tan bonito no era mío, era “gracias a”, y pasaría lo mismo que me pasaba en el consultorio de mis viejos, no era el Dr. Lanatta, era simplemente Gianni (hasta ahora me lo dicen sus viejos pacientes). Esa caminata me abrió los ojos de lo que sería mi futuro, y joder apareciste, en esas arenas de Máncora, y sí pues, si tú me hubieras dicho irnos a la punta del cerro, yo me iba. Pero habías desaparecido, mi beeper nunca tuvo tu mensaje, y el celular jamás sonó con tu voz al otro lado.

Lanatta